LAS COSAS DE JUAN ALCACHOFA
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LAS COSAS DE JUAN ALCACHOFA

 


Se llamaba Juan, pero nadie sabía con certeza cuál era su apellido. Sin embargo, en el pueblo lo conocían como Juan Alcachofa. ¿Por qué? Eso nadie lo sabía tampoco.

Juan Alcachofra estaba jubilado. Por tanto, tenía todo el tiempo del mundo. Le gustaba sentarse en el parque y observar. Observaba mucho, no se perdía ningún detalle de lo que ocurría y tomaba notas mentales de todo lo que veía.

Así fue como descubrió que las palomas que aparentemente se bañaban en los charcos del parque no solo disfrutaban del agua, sino que en realidad repostaban sus intestinos con líquido para que sus cacas fueran más sustanciosas: primero líquidas, luego sólidas al secarse. Y es que, las palomas sobrevolaban el estacionamiento principal y comenzaban su ataque.

Lanzaban cagarrutas con absoluta precisión. Y lo más sorprendente era que los excrementos que lanzaban a los vehículos oscuros eran claros, mientras que los que lanzaban a los vehículos claros eran oscuros. Y nunca se equivocaban.

Para confirmar que todo era un plan perfectamente orquestado, ese día fue al parque y les gritó con el puño en el aire.

Recibió una respuesta. Una de las palomas, quizá la lideresa del escuadrón, se le cagó en la boina. Y como la boina era oscura, la cagarruta era clara.

Juan Alcachofra planteó la hipótesis de que los ataques estaban coordinados y perfectamente planeados a los demás jubilados del parque municipal. Nadie se lo tomó en serio. Pensaron que eran fantasías de un viejo loco. Pero él intentó demostrar que tenía razón. Sabía usar su móvil y decidió grabarlo todo. Pero el teléfono se congeló; se quedó sin opciones.

El anciano decidió entonces echar unas gotas para dormir en el charco que frecuentaban las palomas. Así, aquella mañana, acudió al lugar muy temprano y llevó a cabo su plan. Cuando el sol ya estaba un poco alto, las palomas aparecieron para bañarse, pero no fue así. Iban a beber para preparar sus municiones.

Sin embargo, no pudieron alzar el vuelo. Todas se durmieron en el charco, felices, tranquilas y serenas.

Juan Alcachofa sonrió satisfecho. De verdad creía que la pesadilla había terminado ahí, pero se equivocaba. De repente, un hombre apareció junto al charco. Observó detenidamente a las palomas. Frunció el ceño. Parecía como si las aves fueran sus mascotas. Sin embargo, no hizo nada para despertarlas. En cambio, se sacó un silbato del bolsillo. Era imposible saber si el instrumento hizo algún ruido, porque el oído humano no percibía nada.

Pero las consecuencias de aquel pitido fueron inmediatas. Varias gaviotas se posaron alrededor del hombre. Parecían muy atentas a sus órdenes. Quizás se comunicaba telepáticamente con ellas; era imposible saberlo. Sea como fuere, tras unos segundos, las gaviotas alzaron el vuelo y se dirigieron al estacionamiento.

Juan Alcachofa intentó pasar desapercibido. Se escabulló tras el hombre misterioso y siguió a la bandada de gaviotas. Ya temía que también fueran al aparcamiento municipal, como lo habían hecho las palomas antes. De hecho, allí comenzó un bombardeo brutal, despiadado, pero no indiscriminado, porque las gaviotas también defecaban según el color del vehículo objetivo. Cacas claras para coches oscuros, cacas oscuras para coches claros. Pobres conductores cuando fuesen a recoger sus coches. Se gastarían una fortuna limpiándolos.

Al anciano se le encendió la bombilla. ¿Podría alguien estar sacando provecho de aquella lluvia de excrementos? Sí, y tenía un sospechoso. Los pájaros no cagaban así por casualidad; era un plan maquiavélico que le daría mucho dinero a alguien. ¿Pero a quién?

La respuesta estaba justo delante de sus narices. En los parabrisas de muchos coches había un anuncio de, precisamente, lavaderos de coches. Había pequeños trozos de papel con la dirección del lavadero.

El anciano fue allí. Y su sorpresa se confirmó. El dueño del lavadero era el mismo que había estado en el parque dando instrucciones primero a las palomas y luego a las gaviotas. Tenía un negocio muy lucrativo.

Sin embargo, no pudo demostrar que aquel empresario sin escrúpulos fuera capaz de manipular a los pájaros, de enseñarles a cagar de forma diferente según el color del coche objeto.

Juan Alcachofa habló con toda la gente que se cruzaba. Les contaba a qué se dedicaba el dueño del lavadero de coches. Incluso llamó a la radio local. Pero nadie le creyó porque no tenía pruebas de nada. Todos pensaron que eran alucinaciones, producto de la demencia del anciano. Se rieron cruelmente de él.

No, no podía demostrar nada, pero iba a vengarse de alguna manera. Regresó a casa, cogió sus ahorros, compró una granja con animales en las afueras del pueblo y estudió adiestramiento animal.

Seis meses después, los habitantes de la villa se quedaron sin habla al ver cinco vacas surcando el cielo, sostenidas por globos de helio. Pero eso no era lo más chocante. Las vacas empezaron a defecar enormes cantidades de estiércol líquido sobre todos, humanos y pájaros por igual.


© Frantz Ferentz, 2026


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