A Jacqueline Oliver
Lenka Volsková era bibliotecaria en una ciudad checa cualquiera. Era una mujer sonriente a la que le gustaba estar rodeada de libros. Solía decir que los libros nuevos "huelen muy bien", pero no se acercaba a los viejos, excepto cuando estaba resfriada y no podía olerlos.
Era terrible, porque Lenka, a pesar de ser la directora de una biblioteca de cinco pisos, no leía nada. Ni siquiera leía las instrucciones de los medicamentos.
¿Y cómo se las arreglaba para comprar libros, dirigir el club de lectura o dar charlas sobre libros?
Eso tenía una explicación fácil. Lenka tenía una asistente que hacía todo por ella. Leía y leía sin parar. Y no solo eso, también se encargaba de las presentaciones de libros, y cuando dirigía el club de lectura, le susurraba por el audífono. Era su asistente, María, quien hacía todo el trabajo, todo, hasta limarle las uñas.
Si en algún momento Lenka recibía la más mínima queja de María, entonces la bibliotecaria la amenazaba:
—Cállate, cállate, que si te quejas, les diré a los servicios de inmigración que estás casi con un pie fuera del país.
Esa era una amenaza tremenda. María era obligada a realizar todo el trabajo de la directora de la biblioteca sin cobrar, bajo amenaza de ser denunciada. Además, el concejal estaba muy satisfecho con su trabajo, especialmente con el buen criterio de la mujer para seleccionar los libros. La biblioteca, gracias a la supuesta gestión de Lenka, había ganado el Premio Nacional de la Biblioteca Checa del año.
Y además, la pobre María a veces tenía que pagar los libros de su propio bolsillo, porque Lenka no le daba dinero para comprarlos.
Y así siguió la cosa hasta que un día Lenka recibió un correo del propio ministro. La invitaban a la ceremonia de entrega del premio a la mejor biblioteca checa del año.
«Tendrá que preparar un discurso», le decían en el correo.
Lenka estaba nerviosa. ¿Cómo iba a leer ella un discurso en público si ni siquiera sabía leer una receta de huevos fritos? Como siempre, le pediría a María que le escribiera un buen discurso.
— Ya puedes escribir lo mejor que hayas escrito jamás —le dijo en tono amenazante—. Si no, te volverás a tu país en un contenedor.
El plan de Lenka era que María escribiera el texto y luego se lo leyera a través del pinganillo. Así, estaría bien y no tendría que preparar nada.
— Señora Lenka —le comentó María—, sería bueno que usted pronunciara su discurso en inglés, así tendría un efecto aún más positivo ante el ministro e incluso ante los representantes de la UNESCO.
— ¡Pero si yo no sé inglés! —protestó la bibliotecaria.
—No importa. Yo le soplaré el discurso como siempre. Solo tiene que repetir lo que yo le diga.
Lenka pensó que eso mejoraría aún más su imagen. Quién sabe, quizá incluso entraría en las listas de las elecciones municipales. Lo mismo llegaría a ser concejala.
— Está bien, pero esfuérzate al máximo, o... —aceptó la bibliotecaria, como siempre con amenazas.
Y llegó el gran día. Frente a las cámaras, Lenka se sentó, se ajustó el audífono, esperó a oír la voz de María y leyó con un acento horrible, pero comprensible, porque nadie allí era hablante nativo de inglés, excepto el perro del embajador palestino, pero este no iba a protestar por el acento:
— Dear ladies and gentlemen, it is a pleasure for me to be here today. But let me tell you I don’t deserve this prize. I don’t read a single line, not even the instructions of the shampoo bottles. I must confess it is my assistant who reads everything for me, she whispers everything to the headphones I have hidden under my hair. Now she’s also whispering this speech to me. Honestly, I don’t deserve this prize. Thank you for your attention.
Lenka solo entendió el thank you y se esperaba un aplauso unánime del público, pero lo único que vio fueron caras de sorpresa. Nadie aplaudió. El concejal se escondió debajo de la mesa ante la vergüenza por lo que estaba sucediendo. El ministro... ay, el ministro, reaccionó furioso y ordenó que arrestaran a aquella impostora.
Y se preguntarán, ¿qué pasó con María? ¿Quizá pasó a ocupar el puesto de Lenka en la biblioteca? Al fin y al cabo, ella era quien llevaba todo el peso de la institución y quien realmente se había ganado el premio a la mejor biblioteca checa.
Pues no, María, libre ya de amenazas de deportación, se montó un pequeño negocio para fomentar la lectura en escuelas, parques públicos y otras bibliotecas. Ganaba poco con ello, pero logró ser libre y hacer lo que más le gustaba en esta vida: contar historias que ella misma inventaba.
© Frantz Ferentz, 2026
