Todo el mundo sabe que las pantuflas vienen en pares. Es normal. Puede ocurrir que una persona sea coja, en cuyo caso solo use una. Pero lo que no se sabía hasta ahora es que nadie haya usado tres pantuflas. Pero eso era hasta ahora, porque... Discolabio García descubrió que él tenía tres.
Sí, tres. Pero no tenía tres pies, o al menos nunca se había dado cuenta. Tenía la impresión de que solo tenía dos. Y los contó varias veces. ¿Cuántos pies? Uno y dos. ¿Cuántas zapatillas? Una, dos y tres.
Esta historia parece muy simple, quizá un malentendido, pero en realidad encierra un misterio inimaginable. La explicación final de lo sucedido fue posible gracias a las explicaciones de un equipo internacional de teratólogos. ¿Que qué son los teratólogos? Son los científicos de los monstruos, por así decir.
Todo empezó cuando Discolabio quiso ponerse las zapatillas por la mañana al levantarse. Era algo normal para la mayoría, calzarse unas pantuflas. Pero, al intentar ponérselas, no pudo. Solo había una, no dos. ¿Y entonces? ¿Dónde había ido la otra? Estaba seguro de que la noche anterior había dejado las dos en el suelo, debajo de la alfombra, pero ahora solo quedaba una.
Era un verdadero fastidio. Discolabio odiaba andar descalzo, así que tuvo que ir a pie al armario zapatero, donde seguro que habría otro par de pantuflas. Tardó mucho en llegar, porque caminar es muy cansado.
Pero al final llegó. Se puso las pantuflas, abrió el zapatero y sacó un par de zapatillas nuevas, que, casualmente, eran iguales a las que llevaba puestas.
Ahora había tres pantuflas idénticas. Pero al principio eran cuatro. Y eso no es ningún misterio. Al principio, compró dos pares de pantuflas idénticas. Hasta ahí, nada extraño. Pero al primer par le faltaba una pantufla. Así que pronto, solo quedaron tres.
Es importante insistir en esto, porque la zapatilla perdida no se perdió sola. Pero lo que le ocurrió es algo de lo que hablaremos más adelante.
En fin, Discolabio se puso el segundo par, se duchó y luego se fue a trabajar, para lo cual se puso los zapatos. Estos, por suerte, seguían siendo dos.
El tipo no volvió a pensar en el asunto. Siempre se pierden las cosas. Además, una zapatilla no es precisamente un objeto de lujo.
El asunto probablemente habría terminado ahí de no ser porque, dos días después, Discolabio encontró por accidente la zapatilla perdida en el cobertizo. Estaba toda sucia.
La metió en la lavadora porque daba asco verla. Y cuando estuvo bien limpia, entonces sí daba gusto verla. Discolabio decidió que era hora de reunir la zapatilla perdida con su gemela.
¡Sorpresa! No había tres pantuflas en el zapatero, no, solo había dos. ¡Otra vez faltaba una! Tenía tres pantuflas otra vez. ¿Dónde estaba la cuarta?
El tipo era muy despistado, pero no tanto como para haber perdido una zapatilla. ¿O tal vez sí? Revisó sus redes sociales para ver si la había vendido. Pero no.
Así, Discolabio publicó un anuncio en redes sociales pidiendo una única zapatilla. Incluso mencionó que era un caso de pantufla que aparecía y desaparecía. Y adjuntó esta foto:
Discolabio no podía imaginarse el impacto que tendría su anuncio. No recibió ofertas de gente que vendiera una zapatilla como esa, no, sino que recibió una visita extraña en su propia casa.
Al día siguiente, llamaron al timbre. El tipo fue a abrir. Se quedó sin palabras al encontrarse en el umbral a tres hombres con aspecto de científicos. Se presentaron:
— Buenos días, Sr. García —dijo uno de ellos—. No se asuste. Somos los doctores Kaminski, Konichiwa y Kilombo. Somos teratólogos y estamos aquí por el anuncio que publicó ayer sobre la zapatilla que quiere comprar.
— No entiendo —murmuró el pobre Discolabio—. ¿Me traen una zapatilla?
— No, señor —respondió el doctor Kilombo, mensajero del trío—. Le trajimos otro par de pantuflas.
— Lo entiendo aún menos.
— Permítame explicarle. Después de leer su anuncio, llegamos a la conclusión de que lo que tiene en su casa es un monstruo de las pantuflas...
—¿Pero quiénes son ustedes? —quiso saber Discolabio.
—Tiene razón, déjeme que le cuente. Formamos parte de un equipo internacional de teratólogos que investigan científicamente la existencia del monstruo de las zapatillas, pantuflovorus communis. Resulta que hasta ahora su existencia era solo hipotética, pero estamos recopilando evidencias de su existencia real...
—¿El monstruo de las zapatillas? ¿En serio?
— Por supuesto. Pertenece a la familia de los monstruos domésticos, como el monstruo de los calcetines y el monstruo de las galletas, que son los más conocidos, es decir, el calcivorus illimitatus y el biscoctovorus parvus respectivamente. Estamos a punto de probar su existencia. Y gracias a usted, creemos tener la oportunidad de capturar uno.
— Ah... —el pobre Discolabio se quedó estupefacto, no sabía qué decir.
— Por eso le pedimos permiso para instalar cámaras y trampas en su casa para capturar a esa criatura.
Discolabio aceptó la propuesta. Era una forma de escapar del aburrimiento de la vida cotidiana. Además, aquellos caballeros parecían muy profesionales y no molestaban a nadie. Se quedaban pegados a la pared, tan inmóviles que incluso se confundían con ella.
— Siga con su vida normal —le dijo el Dr. Kilombo—. Nosotros nos encargaremos de todo. Solo déjenos mostrarle la trampa que hemos preparado.
Esta es la foto de la trampa, que consistía en todos los pares de calzado:
Entre todas esas pantuflas, estaba el par preparado como cebo que habían traído los científicos. En teoría, era el par más sabroso, siempre según el gusto de los monstruos, porque una pantufla, incluso con patatas y salsa de tomate, no le parecería un plato apetecible a ningún humano.
Finalmente, un día, cuando Discolabio regresó del trabajo, se llevó una sorpresa.
— ¡Lo capturamos! —anunció el Doctor Kilombo—. No pudo resistirse a la zapatilla que usamos como cebo. Resulta que la zapatilla tenía un GPS y pudimos rastrear al monstruo. Ahora sabemos que es pariente del monstruo de los calcetines, que también se come uno de cada par y deja el otro.
— Qué desperdicio —pensó el hombre—. Entonces, ¿tendré el privilegio de ver al monstruito?
— Pues claro.
Y en ese momento, el Dr. Konichiwa colocó una jaula encima de la mesa.
— Helo aquí —dijo el científico.
Discolabio miró dentro de la jaula. Pero estaba vacía. No había nada dentro.
— Oiga, que ahí dentro no hay nada —declaró Discolabio.
— Claro que sí —respondió el doctor Kilombo—. El monstruo está ahí dentro.
— ¡No veo nada!
— Por supuesto —explicó el científico—. Este monstruo, como todos los demás doms, es invisible. No se puede ver...
— ¿Y cómo saben que hay un monstruo ahí dentro que lleva pantuflas?
El doctor simplemente deslizó una zapatilla entre los barrotes de la jaula. Inmediatamente, la zapatilla comenzó a desaparecer hasta no quedar nada a la vista. Y entonces, todos oyeron claramente un eructo.
Además, Discolabio por fin pudo utilizar sus dos zapatillas gemelas, y tan gemelas, porque ambas eran del pie derecho, pero el paisano ni siquiera se había dado cuenta de ello.
© Frantz Ferentz, 2026
