SOLDADOS REBELDES
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SOLDADOS REBELDES

 


El abuelo vino al salón como si fuera un huracán. En la mano derecha llevaba el periódico, bastante arrugado, mientras que con la izquierda hacía unos aspavientos muy rápidos, como si fuera la hélice de un helicóptero.

— ¿Qué tienes? —le preguntó mi madre.

— ¡Lo encontré! ¡Lo encontré! —el abuelo chillaba como un científico loco o como un sabio excéntrico.

— ¿Qué encontraste? —quiso saber mi madre.

— Mira aquí —y señaló a un anuncio que salía en el periódico y que ya había rodeado con un marcador rojo.

Mamá y yo leímos el anuncio, que ocupaba más o menos un cuarto de página.

— ¿Y para qué quieres unos soldaditos de plomo? —preguntó mamá. El abuelo permaneció inmóvil mirando al suelo. Luego respondió:

— Desde pequeño, siempre quise tener mi ejército de soldados de plomo. Ahora ya lo puedo tener porque ahorré plata de sobra para tener una buena colección de ellos.

— ¿Y dónde los pondrás? —quiso saber mamá, que ya andaba algo preocupada porque nuestra casa era más bien pequeña y no disponíamos de mucho espacio donde colocar colecciones.

Pero el abuelo no respondió y se fue a su cuarto. Dos horas más tarde, ya no nos acordábamos de su idea. Pero él no lo había olvidado. Una semana más tarde, el cartero trajo un paquetón gigantesco. Era tan grande que tuvo que ayudarlo el portero a subirlo. Venía dirigido a mi abuelo. Tuvimos que esperar hasta que él vino para saber lo que contenía.

— ¿Qué habrá aquí dentro? —nos preguntó con cara de niño travieso. Ni idea, no teníamos ni idea.

Entonces abrió el paquete. Dentro había una legión de soldaditos de plomo. Se trataba de medio ejército napoleónico. Allí había unos doscientos soldados, caballos aparte, con todo tipo de instrumental bélico de la época.

Mamá, papá —que se nos había unido— y yo no dábamos crédito a nuestros ojos. Parecía un sueño: todas aquellas piezas estaban perfectamente ordenadas, pero no estaban pintadas.

Sin embargo, el pintado no fue ningún problema. El abuelo comenzó una buena mañana y no se detuvo hasta que los pintó todos al cabo de un par de semanas. En todo ese tiempo, no salió de su cuarto excepto para las comidas. El resto del tiempo permaneció recluido pintando cuidadosamente las figuritas, sin importarle que su cuarto fuera el caos más absoluto.

De repente, un día salió y apareció en el salón mientras cenábamos.

— Todos a mi cuarto, rápido —nos mandó todo entusiasmado.

No teníamos ganas de interrumpir la cena, pero parecía que no había más remedio que hacerle caso. Fuimos, pues. Su cuarto estaba en perfecto orden, lo cual no era, sin embargo, lo interesante, sino que, por todo el suelo, la cama y la mesa, estaba su ejército de soldaditos de plomo perfectamente formado, con uniformes de gala (todos recién pintados) y el armamento listo para pasar revista.

Era impresionante. Parecían soldados reales, aunque a un tamaño liliputiense. El abuelo nos dio toda clase de explicaciones sobre aquel ejército, su historia, sus hazañas... todas esas batallitas que los abuelos cuentan, pero ahora con los soldados delante, incluyendo la de Waterloo.

¡Qué tremendo! Además, la cena se iba a enfriar, de manera que volvimos al salón.

Aquella noche estábamos bastante cansados todos, no sé por qué. Nos fuimos temprano a la cama. Hacia las diez y media ya todo estaba silencioso en la casa. Yo no había sentido ruido alguno, pero me desperté. Tan pronto como abrí los ojos, vi cuatro soldaditos de plomo subidos a mi pecho. Me apuntaban con sus armas y hablaban en francés. Uno de ellos se dirigió a mí y me dijo:

— Ne bougez pas!

No me hacía falta saber el idioma para saber que aquello significaba algo así como "no te muevas". Me quedé inmóvil. No sé si sus armas podrían dañarme o no, pero no estaba por correr el riesgo. Uno de los soldados, uno que parecía un cabo —es decir, su jefe—, me hizo gestos para hacerme entender que tenía que salir de la cama y seguirlos. Esperé a que ellos se movieran y luego fui tras ellos hacia el salón. Pensaba entonces que sería un sueño gracioso, de manera que no tenía miedo. Pero, cuando ya en el salón vi todo el ejército de soldados de plomo en formación de ataque extendido por todo el suelo y también a mis padres bien sentaditos y quietos en el sofá, entonces me di cuenta de que aquello era una pesadilla de cuento de brujas.

¡Era una verdadera invasión! Las tropas comenzaron a moverse de un lado para otro. Podrían salir de mi casa e ir a otros departamentos del edificio sin que nuestros vecinos se enterasen.

Mi abuelo, mientras tanto, seguía durmiendo, ajeno a lo que hacían sus tropas. Vi la expresión de horror en los rostros de mis padres y temí que los soldados pudieran hacernos daño. Sabía que no tenía lógica, pero entendía que tenía que actuar, porque si no, sería una catástrofe.

De repente, un plan se forjó en mi mente. No era fácil, pero tenía que intentar neutralizar a aquellos soldados que, aunque no lo pareciera, eran muy peligrosos. Dio la casualidad de que mi balón de fútbol del colegio estaba casi a mis pies. Mi madre siempre me tenía prohibido jugar con el balón dentro de casa, pero estoy seguro de que en ese momento no iba a decir nada.

Me moví unos centímetros por el sofá lentamente hasta que tuve el balón al alcance de mi pie. Entonces, le di una patada con todas mis fuerzas. El balón llegó al otro extremo del comedor, golpeó un jarrón de porcelana que a mi madre le encantaba y, de paso, tiró todos los adornos pequeños del mueble al suelo. El estruendo fue enorme. La mitad de las tropas corrieron a esa parte de la habitación. El balón debió de parecerles una bomba. La otra mitad montaba guardia delante de nosotros, pero estaban distraídos; se notaba que también sentían curiosidad por saber qué había pasado al otro lado.

En ese momento, salté del sofá, corrí al pasillo y agarré las dos latas de pintura roja que estaban allí. Mi madre había estado pintando el pasillo y esas latas estaban esperando a ser usadas para terminar de pintar las paredes.

Sin dudarlo, vertí las dos latas sobre todos los soldados presentes. Los cubrí a todos con ella. Se quedaron rojos, muy rojos. Entonces, volví a sentarme en el sofá, porque eso era parte de mi plan.

Poco a poco, los soldados que habían estado de expedición al otro lado de la habitación regresaron. Al ver a estos otros soldados rojos, hubo un momento de vacilación, pero entonces ocurrió lo que había calculado: los soldados verdes atacaron a los soldados rojos porque los consideraban enemigos.

Durante aproximadamente media hora, ambas facciones lucharon cuerpo a cuerpo. Al final, solo quedaron unos pocos supervivientes, todos gravemente heridos y tendidos en el suelo.

Solo entonces se levantó mi abuelo. Entró en el salón en pijama y, antes de saludarnos, se quedó mudo, observando la crueldad de aquella masacre. Mis padres y yo empezamos a hablar a toda prisa, intentando explicar lo sucedido, pero mi abuelo hizo oídos sordos, sonriendo como un niño emocionado, porque solo quería saber una cosa:

— Y entonces, ¿cuál de los dos ejércitos ganó la batalla?


© Frantz Ferentz, 2026


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