EL DRAGÓN GRITÓN
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EL DRAGÓN GRITÓN

 


Antes de que los dragones y otras bestias similares se extinguieran, se desató una enorme campaña entre aventureros, caballeros y cazadores de bestias para encontrar los últimos ejemplares vivos de cualquier animal mitológico. Se pagaban fortunas por las cabezas de estos animales, que los más ricos disfrutaban colgando en las paredes de sus mansiones.

Pero como sucede con tantas cosas que los humanos tocan, todas esas criaturas terminaron extinguiéndose. Por tanto, muchos de esos hombres armados se quedaron sin trabajo. Pero, antes de rendirse, siguieron buscando bestias en el mundo para cazar, porque no sabían hacer otra cosa. Algunos se reciclaron como cazadores de brujas, pero todos sabemos que no es lo mismo.

Fue inútil, ninguna criatura legendaria quedó con vida. La era de los dragones había pasado y ya no había nadie para cazarlos. Qué lástima.

Y así pasaron varios años hasta ese día.

En aquel día, en el reino de Calicanto, un sonido horrible e indescriptible resonó, peor que rascar una pared con las uñas, porque daba cinco veces más dentera. Era un sonido animal, pero nadie sabía de qué garganta provenía.

La gente hubiera preferido que fueran llamas de dragón de las de toda la vida, porque, al fin y al cabo, se pueden apagar, pero ¿esos chillidos? ¿Cómo luchar contra eso?

El rey de Calicanto, Embotello III, convocó a los caballeros restantes, aventureros, vendedores de lociones para el crecimiento del cabello y cualquiera que quisiera ganar una buena recompensa por enfrentarse a la criatura que hacía aquellos ruidos.

Pero, alto. ¿Criatura? ¿Qué criatura?

La primera tarea fue identificar qué tipo de criatura era aquella. Y recuerden, en la antigüedad no había drones, ni satélites, ni cámaras digitales. Así que el monarca Embotello llegó a un acuerdo con la Asociación de Brujas con Dedicación Específica (ABCDE) para sobrevolar el reino en sus escobas hasta detectar la presencia de la criatura.

— Pero entre nosotras no hay caricaturistas — explicó la presidenta de la ABCDE.

El primer ministro se rascó la cabeza y le propuso al monarca:

— Señor, podemos hacer que un dibujante montado acompañe a cada bruja piloto y haga un retrato de la criatura.

— No es mala idea —dijo el rey.

— Pero si el dibujante se cae, no nos haremos responsables —protestó la presidenta de las brujas.

—Entonces que le peguen el culo a la escoba, o que lo aten —decretó el rey.

Y así fue. Durante varios días, las brujas de la ABCDE recorrieron los cielos de Calicanto hasta que descubrieron a la criatura. Como no parecía un dragón que lanzara llamas, era posible acercarse a ella mientras dormitaba. Finalmente, el rey Embotello obtuvo varios dibujos de la criatura, desde diversos puntos de vista: de frente, de perfil, desde arriba y del revés.

— Que los sabios del reino examinen qué clase de criatura es esta —ordenó el monarca.

Los sabios del reino dedicaron horas y horas a estudiar las imágenes y a formular hipótesis a partir de los sonidos emitidos. Nadie sabía nada. En las crónicas, en los manuales de zoología e incluso de numismática no aparecía tal criatura. Lo único en lo que todos coincidían era en que ese aterrador chillido parecía de desesperación.

Todas estas discusiones de los caballeros con túnicas, barbas largas y voces de pito eran seguidas por la princesa Calceta. La joven quería aprender cosas, pero su padre no la dejaba. Le repetía una y otra vez:

—Tu único trabajo es formarte como princesa y ser una buena esposa para el príncipe con quien te casaré.

Eso enfurecía a la princesa. Pero eso explicaba por qué solo le permitían tomar clases de cocina, de costura y de cambio de pañales.

Pero Calceta era una joven con muchas inquietudes, así que se escapaba de sus aposentos cuando nadie la veía y deambulaba por el palacio. Su lugar favorito era la biblioteca, a la que casi nadie entraba. Junto a ella se encontraba la sala donde los sabios del reino se reunían. Como los sabios solían reunirse allí para debatir, compartir conocimientos y cosas típicas de los sabios, la princesa tenía la oportunidad de aprender. Incluso tomaba notas de lo que conversaban. Y gracias a frecuentar ese espacio, supo dónde se había encontrado la criatura.

Así, una noche salió del palacio real escondida en el carromato de un buhonero. Los guardias no lo registraron mucho, pues les daba asco hurgar entre aquellas viejas mercancías. Y es fácil imaginarse la sorpresa en el rostro del buhonero cuando oyó una voz detrás de él, en su carromato, que le gritaba:

— Detente, por favor.

Y entonces una muchacha joven, envuelta en una capa oscura, saltó y salió corriendo del camino, perdiéndose de vista.

La princesa Calceta había planeado su huida. En aquella época no había trenes ni otros medios de transporte público, pero conocía un puesto donde vendían caballos. No era una buena amazona, así que tuvo que conformarse con comprar una mula.

Por suerte, nadie la reconoció, ya que los ciudadanos del reino no conocían el rostro de la princesa, ella siempre estaba oculta dentro del palacio y el rey no quería que su imagen se difundiera.

Y ya a lomos de la mula, se adentró en las montañas donde sabía que estaba la criatura. No tardó mucho en encontrarla, pues, de vez en cuando, emitía esos aterradores chillidos que hacían temblar el aire. Por suerte, la princesa se había fabricado unos tapones de cera muy potentes que la mantenían a salvo.

Así fue como descubrió a la criatura en una cueva. La observó desde lejos. Consultó sus notas, que incluían dibujos, y no, no era un dragón cualquiera. Además, todas las especies conocidas de dragones lanzaban llamas, pero esta emitía chillidos. ¿Podría ser una nueva especie de dragón, desconocida hasta entonces? De ser así, ella sería... la descubridora de una nueva especie de aquellas bestias, pero no podía jactarse de ello delante de los sabios del reino, porque era mujer y aquellos señores no aceptaban mujeres en sus filas.

En cualquier caso, la princesa Calceta notó un detalle. La criatura —¿debería bautizarla como dragón chillón?— tenía una especie de verruga fea en medio del hocico. Era enorme y parecía molestar a la criatura.

Calceta aprovechó otra de las largas siestas de la bestia para acercarse a él. Por suerte, llevaba consigo su estuche de maquillaje, pues siempre se preocupaba mucho por su apariencia. Era muy coqueta al respecto.

La criatura dormía profundamente. Mejor. Así no se dio cuenta de cómo Calceta primero le pasó un cuchillo muy afilado por los bordes y luego... le arrancaba la verruga con mucho cuidado. Luego, limpió cuidadosamente la superficie del hocico con un hisopo de algodón. Todo muy profesional.

Tras la operación, la princesa se alejó y se escondió tras una roca, hasta que la criatura despertó. Y en cuanto abrió los ojos, el dragón gritón quiso soltar uno de sus chillidos, pero, en lugar de eso, gritó con una voz casi humana:

—¡Ayudaaaaaaa!

La criatura estaba muy sorprendida. Su grito se había convertido en voz. Entonces, notó que la verruga ya no estaba en su nariz. Se palpó la zona con las patas. No podía creer lo que tocaban sus manos.

De repente, la princesa, desde su escondite, notó algo inaudito: la criatura tenía las uñas pintadas. ¡Pintadas! ¿Dónde había visto algo así? Y tenía tanto las de las patas delanteras como las de las traseras.

Así, la princesa abandonó su escondite y le preguntó a la bestia sobre el asunto. Estaba tan alucinada que ni siquiera se acordó de saludarla.

—A ver, bicho —le dijo—, explícame, ¿cómo es que tienes las diez uñas pintadas, las de las manos y las de los pies?

Con total sorpresa, el dragón gritón estuvo a punto de sufrir un infarto. Al ver aquella figura humana emerger de detrás de las rocas envuelta en una capa, pensó que era un espíritu de la montaña que iba a atacarlo.

La reacción de la criatura fue retroceder, encogerse y gritar aterrorizada:

— ¡No me hagas nada, por favor!

— ¿Yo? —se sorprendió Calceta—. Si ni soy capaz de aplastar una mosca con la mano... Mis sirvientes ya lo hacen por mí cuando se posan en mi tostada con mermelada.

— Entonces, ¿no vas a hacerme daño?

— No, ¿y tú a mí?

— Menos aún..

— Eso es bueno —suspiró Calceta—. Bueno, hagamos las cosas bien. ¿Cómo te llamas? Soy Calceta, princesa de Calicanto.

— ¡Qué casualidad! Yo también soy princesa. Me llamo (/&$¿#¬~|), pero creo que es impronunciable para ti, así que puedes llamarme como quieras.

— Gilda. Te llamaré Gilda, si te parece bien. Y, por cierto, mientras dormías, me tomé la libertad de quitarte esa verruga gigante que tenías en la cara —comentó la princesa, señalando el suelo, donde estaba la verruga caída.

Gilda lo vio. Guardó silencio unos segundos y luego explicó:

— Eso no es una verruga. Es un inhibidor de neuronas. Verás, te dije que soy una princesa, pero no soy de este planeta. Vengo de una galaxia lejana. Mi padre, el emperador (¿¬@@#), a quien puedes llamar como te apetezca, quería que me casara con un caballero interestelar que ni siquiera sabía distinguir entre su cuarta y su quinta mano. Me negué a casarme con él, porque quiero ser navegante. Además, estoy enamorada del amor de mi vida, mi sastre, pero ni siquiera te diré su nombre...

La cosa es que mi padre dijo que me iba a dar una lección. Me envió a este planeta, que creía habitado solo por criaturas primitivas. Y para evitar que desarrollara mi actividad cerebral, me pusieron ese dispositivo del suelo. No es una verruga. Por eso, cada vez que intentaba pedir ayuda, vosotros, los humanos, solo oíais un chillido horrible. Pero ahora que me lo has quitado, puedo hablar y recuperar mi actividad cerebral. Voy a llamar a mi novio para que venga a recogerme.

—¿Y cómo vendrá? ¿En un platillo volante?

— Huy, no. Nos movemos por agujeros de gusano. Podemos poner los extremos donde queramos.

Aquellas explicaciones le sonaron a chino a la pobre Calceta.

De hecho, segundos después, se formó un remolino a pocos metros de las princesas. Otra criatura con apariencia de lagarto, pero muy educada, emergió de él:

—Buenas tardes, damas. Princesa, recibí tu mensaje telepático y vine a rescatarte.

Gilda se arrojó a los brazos de su amado.

— Vámonos rápido —dijo Gilda—, antes de que el emperador envíe a sus secuaces.

Pero antes de irse, abrazó a Calceta y le dijo:

—Voy a activar la telepatía en tu cerebro para que podamos comunicarnos, porque es la mejor manera. Aquí ni siquiera han inventado el correo electrónico. Además, quédate con el dispositivo que me quitaste. Te ayudará a lograr tus objetivos. Te enviaré instrucciones telepáticas sobre cómo usarlo. Por ahora, colócaselo en la nariz a tu padre, el rey... Y no te preocupes, se adapta al tamaño de las narices donde se coloca.

Ambas princesas se dieron otro fuerte abrazo y se despidieron. Entonces, la princesa alienígena y su amante se escabulleron por el agujero de gusano.

Calceta recogió el dispositivo alienígena del suelo, lo escondió bajo su capa y regresó en su mula al palacio real. Ansiaba ver cómo su padre lograría gobernar el país sin poder hablar, solo con gritos y gestos, y, en particular, cómo la obligaría en ese estado a casarse con alguien cuyo nombre ya no podría pronunciar.

© Texto: Xavier Frías-Conde, 2026

© Ilustración: Enrique Carballeira Melendi.


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