MAMÁ, ¿EXISTEN LAS HADAS?
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MAMÁ, ¿EXISTEN LAS HADAS?
A Mikaela Merino Morillo


— Mamá, ¿existen las hadas? —preguntó Micaela a su madre.

Su mamá alzó la vista y le dijo que era ya mayor para creer en esas memeces. A su lado, su hermana sonreía, pues solo vivía para los videojuegos y se burlaba de su hermana menor.

— No te creas que tu madre ha sido siempre así —terció inesperadamente la abuela—. Cuando ella tenía tu edad, creía en los ángeles.

— ¡Mamá! —protestó antes su propia madre la mamá de Micaela.

Por suerte para la madre, en ese momento entró el padre en el salón y le dijo a Micaela:

— Mijita, ¿estás lista?

La niña querría haberse quedado para ver qué explicaciones daba su madre, pero el papá quería llevarse a su hija al Chocó. Era una excursión planeada de antemano. El padre de Micaela era un fotógrafo de la naturaleza y quería que su hija heredara su pasión, porque la mayor solo se interesaba por los videojuegos y parecía que solo había visto un pájaro o una flor si estaban hechos de píxeles.

Cuando Micaela y su papá salieron de Quito en el carro, llovía a mares. Allá la visibilidad era nula. El papá se la pasó contando las maravillas que iba a fotografiar, pero a Micaela no parecía interesarle demasiado, ni cuando le hablaban del oso de anteojos. Quizá le sería más interesante cruzarse con un unicornio rosa.

No llevaban más de dos horas, cuando debajo del carro sonó un CATACROC horroroso. Pareciera que el suelo se hubiera partido en dos, pero en realidad fue el auto. Era una avería de las gordas. 

Micaela se asustó y agarró con fuerza el brazo derecho de su papá.

— Tranquila, ya salgo a ver.

Al papá le cayó el diluvio en cuestión de segundos. Se metió debajo del carro e iluminó con el celular. Era terrible. El eje del auto se había roto con una piedra en el camino. Volvió al vehículo, pero entre que estaba mojado y cubierto de barro, Micaela creyó que se trataba de un mono aullador, porque el padre, más que hablar, gritaba por el celular, pero era inútil, con aquella lluvia intensa, no había señal.

— ¡Papá, un mono!

— Tranquila, mija, soy yo, papá.

Micaela se calmó. 

— Mira, el carro se averió. Tengo que andar unos cuantos kilómetros para pedir ayuda. Quédate aquí, con las puertas trancadas.

 La niña se habría quedado toda quieta oyendo la lluvia caer de no haber sido porque en el vidrio de la ventanilla, por detrás del vaho, contempló una figura diminuta, verdosa, que se movía muy rápido en el aire. No se podía ver claramente, el vidrio estaba empañado, pero el pensamiento de Micaela fue: «¡Es un hada!». 

Desde luego lo parecía. Tenía su celular a mano, de modo que podría tomarle una foto para así demostrar a su madre que las hadas existen. 

Toda entusiasmada, salió del carro y se precipitó al exterior bajo la lluvia que no cesaba. El hada —o lo que fuera— voló bajo la lluvia alejándose del auto. Micaela empuñaba su celular buscando acercarse para tomar fotos, pero aquella criatura era muy rápida. Tal vez se sintiese perseguida. 

Parecía no importarle aquel diluvio, estaba empapada y, de ley, agarraría una gripa, pero no pensaba en eso. Ni siquiera supo cuánto caminó, pero fue más de una hora. Hasta que tropezó con una rama en el suelo. Imposible verla con aquella cortina de agua.

Micaela cayó al suelo cuan grande era. Por supuesto, aterrizó en el barro. Además, su celular se perdió. Y aunque lo encontrara, quedaría inservible.

Solo en aquel momento se dio cuenta de lo boba que había sido. Su testarudez la había arrojado al corazón del Chocó. Estaba sola y nadie iba a ayudarla.

Entonces la vio. Era nuevamente la figura verdosa, la que ella creía un hada. Daba vueltas, parecía querer decirle algo. Micaela le preguntó: 

—¿Quieres que te siga?

La figura hizo una especie de círculo en el aire. La niña se puso en pie y siguió a aquella figura que iba por delante de ella.

Anduvo durante una hora larga. La figura siempre mantenía la distancia, pero no tanto como para perderse de vista.

Finalmente, se encontró delante del carro de su padre. Pero allí no había nadie. Busco en su mochila ropa limpia, se cambió y se quedó esperando a su papá. Tendría que explicar qué había sido del celular.

Mientras, la supuesta hada, después de devolver a Micaela a la seguridad, se perdió en medio de la lluvia hacia el bosque del Chocó.

Micaela contó toda la aventura de vuelta a casa. La madre se enojó con el padre porque no se había enterado de nada. Y en medio de toda la discusión, Micaela observó cómo por detrás de la ventana empañada, surgía una pequeña figura verdosa.

— ¡¡El hada!! —gritó la niña entusiasmada señalando con el dedo a la ventana.

La discusión cesó en el acto. Los padres y la abuela, que asistía como espectadora a aquella pelea familiar, siguieron la dirección del dedo de Micaela.

Efectivamente, detrás del vidrio empañado de la ventana, había una figura que volaba.

— Hadas... Qué bobada — comentó la mamá y abrió la ventana.

Todos vieron claramente qué era aquella figura.

— Un colibrí —dijeron todos al mismo tiempo.

Efectivamente, era un colibrí de tonos verdosos y azulados.

—Él fue quien me salvó en el Chocó —dijo la niña. 

La madre se encogió de hombros, pero quiso dar una lección a su hija:

— Es increíble que un colibrí te salvara, pero no es un hada.

Micaela no sabía qué decir, pero entonces, la abuela le acarició la mejilla con ternura y le dijo:

— ¿Sabes que decía mi abuela, tu tatarabuela, que era del Chocó?

— No —respondió Micaela.

— Ella decía que los colibríes son las hadas de los Andes.

En ese momento, el colibrí entró en la casa, tocó con su pico la nariz de Micaela, como si fuese un beso, y salió por la ventana aún abierta bajo la lluvia, quizá de vuelta al Chocó.


© Frantz Ferentz, 2025.

En Quito, a 13 de septiembre de 2025.




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