—El premio lo ganará quien traiga un fabricante de unicornios.
Esa era la prueba final de la competencia, pero pedían algo imposible. El equipo de Colomba y sus compañeros se quedaron sin palabras, sin saber cómo afrontar el reto.
—¿Un fabricante de unicornios? —Colomba repitió las palabras del juez del concurso, que parecía haber pensado en la Edad Media, como si hubiera una máquina del tiempo en alguna parte.
—Exactamente. Y tenéis dos días para traer a un fabricante de unicornios —añadió el juez en tono severo, sin sonreír, como si hablase a los parlamentarios del país, en lugar de a los jóvenes.
Sin embargo, sonaba un tanto desconcertante, veamos de qué trataba todo esto.
Colomba era la lideresa de un grupo de chicas que participaban en un concurso escolar en la que había equipos de toda la ciudad de Rhima.
La competición consistió en superar cinco pruebas a lo largo de varios fines de semana. Cada equipo estaba formado por cinco miembros. Las pruebas eran muy variadas. La primera consistió en reparar un motor de avioneta, para lo cual todos tuvieron que recurrir a tutoriales de internet.
El segundo consistió en que un loro aprendiera de memoria una canción polaca.
El tercero consistió en convencer a una familia de extraterrestres para pasar las vacaciones de invierno en Rhima a -40º C, pero la campaña turística era irreal, porque nadie creía que una familia de alienígenas aparecería allí en una caravana-ovni.
El cuarto consistió en construir una réplica de la Torre Eiffel con palillos.
Hasta entonces, el equipo Colomba había ido empatado con el equipo de Cobo. Ambos equipos habían logrado superar las cuatro primeras pruebas, pero la quinta...
La propia Colomba, siempre llena de iniciativa, no sabía cómo vencer. Ni tampoco los demás miembros de su equipo.
—¿Y dónde demonios encontramos a un fabricante de unicornios? Los unicornios no existen, pero las reglas del concurso dicen que se pueden completar todas las pruebas —reflexionó Colomba—. Si no encontramos a un fabricante de unicornios, perderemos contra el equipo de Cobo.
Era una situación muy tensa. Faltaban pocas horas para la fecha límite para que los equipos comparecieran ante el juez de competición con tal individuo.
En medio del silencio, Carima, una de las integrantes del equipo Colomba, sugirió:
— A ver, ¿por qué no le pedimos ayuda a Ruy?
— ¿A Ruy? — comentaron al alimón los cuatro miembros restantes.
* * *
Ruy era el bicho raro de la clase. Todos lo evitaban, nadie quería acercarse a él porque no lo entendían. Era marginado y, además, el blanco de todas las bromas. El chico se pasaba los días apartado en un rincón, escribiendo o dibujando en un cuaderno que siempre llevaba consigo, lo que atraía la atención de todos, pero que nadie veía, ajeno a todo lo que le rodeaba.
Carima se le acercó alguna vez. Le daba pena, pero tampoco quería que la marginaran, así que solo le hablaba cuando nadie la veía, en los tejados, porque ambos eran vecinos.
— Y tú, ¿por qué eres tan extraño? —le preguntó Carima a Ruy en una ocasión.
Se encogió de hombros. Guardó silencio un momento, miró a las estrellas sobre sus cabezas y dijo:
— Soy como soy. Y, además, sois vosotros los que pasáis de mí.
Carima no supo qué responder, pero preguntó:
— ¿Qué tienes en ese cuaderno tuyo?
Ruy dudó un momento. Luego sacó el cuaderno y se lo mostró a la chica, quien pudo hojearlo y ver su contenido.
Ella fue la primera persona en acceder al cuaderno de Ruy y quién sabe si también fue la última.
* * *
—No digas tonterías —le respondió Colomba a Carima—. ¿Cómo vamos a contar con ese bicho raro? ¿Quieres que nos deje en ridículo en la última sesión del concurso?
Pero Carima decidió que no se rendiría. Tenía miedo, porque no quería ser la rarita de la clase junto con Ruy. Salió de la habitación donde estaba con sus compañeros para ir al baño y desde allí llamó a Ruy al móvil.
Y llegó la sesión final de la competición. Los demás equipos ya se habían dado por vencidos; ni siquiera aparecieron. Solo quedaba el equipo de Cobo. Y trajeron algo. Trajeron un unicornio.
El juez principal y el resto del jurado observaron a la extraña criatura. Efectivamente, allí había un burro con un cuerno. El juez principal, temiendo una artimaña descarada, rodeó al animal dos veces y finalmente logró tocar el cuerno.
El cuerno se le cayó. Estaba hecho de papel maché y pegado con pegamento.
—¡Esto es un fraude! —reprendió el juez—. Y además, os dijimos que teníais que traer a un fabricante de unicornios, no un unicornio. A ver, el otro equipo, ¿habéis encontrado a un fabricante de unicornios?
Silencio, hubo un silencio sepulcral. Finalmente Carima susurró:
—Está a punto de llegar, juez.
Colomba y las otras tres compañeros se la quedaron mirando con una mezcla de estupor y de enfado, pero antes de que Carima pudiera volver a abrir la boca, se escuchó una voz pidiendo disculpas.
— Perdón por el retraso...
Era Ruy. Se colocó frente al juez principal y abrió su cuaderno por la última página.
El juez se puso las gafas para ver mejor. Era un magnífico dibujo de un unicornio, con todo lujo de detalles. Tras unos segundos, asintió y consultó con los demás miembros del jurado, quienes también contemplaron el magnífico dibujo del unicornio, que parecía a punto de saltar del cuaderno gracias a su realismo.
El jurado le dio la victoria al equipo de Colomba, que dudaba entre saltar de alegría o lanzarse al cuello de Carima, porque sabía que todo eso era cosa suya.
De todos modos, uno de los miembros del jurado susurró al oído de otro miembro que estaba a su lado:
—No entiendo cómo estos chicos se complicaron tanto la vida. Bastaba traer a alguien que hiciera unicornios de papel, de origami, por ejemplo... y ya.
Bastaba, sí, bastaba, pero, gracias a Carima, Ruy dejó de ser el bicho raro de la clase. Aquel concurso valió la pena, aunque ahora todos quieren tener dibujos de Ruy, así que el chico está considerando seriamente abrir un estudio de tatuajes.
© Frantz Ferentz, 2025
