¿QUIÉN DIJO MAGIA?
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¿QUIÉN DIJO MAGIA?

 

La bruja Quilomba tenía grandes problemas en su aquelarre.

Resultaba que no la tomaban en serio; decían que era incapaz de realizar cualquier conjuro y que, por tanto, debía estar haciendo otras cosas que no eran propias de una bruja, como sacarle brillo a una escoba.

Pero a ella no le gustaban esas cosas.

La bruja insistía, gritando, porque quería que la escuchasen:

— Soy una bruja de la cabeza a los pies, o de los pies a la cabeza, como prefiráis.

Pero era inútil, nadie creía que ella fuera el tipo de persona que hiciese una poción típica de bruja, de esas que convierten a un humano en caracol, o en ballena, o en corniporco, que es un cerdo con un cuerno en la frente.

Quilomba, siempre que podía, se encerraba en su habitación llena de arañas y hacía experimentos en el caldero.

Pero no preparaba ninguna pócima; simplemente hacía pompas de jabón.

¡Y qué pompas!

Eran únicas porque brillaban de una manera única, incluso emitían luz propia.

Sin decir nada a las otras brujas, un domingo por la mañana salió de la cueva donde estaba el aquelarre y se dirigió a un parque de la ciudad.

Había preparado una botella, más bien una garrafa, con un tapón que contenía un círculo, por donde soplaba y salían pompas de jabón.

Era todo un espectáculo.

Se puso a hacer burbujas tan grandes que los chicos cabían dentro de ellas.

Tanto era así que empezó a cobrar por meter a los chicos en burbujas para que viajaran por el aire, pero no estaba previsto dónde aterrizarían.

Una de las brujas del aquelarre de Quilomba vio por casualidad aquel espectáculo.

Inmediatamente alertó a la bruja jefa, la vieja Calimática, quien salió volando en su escoba invisible a tirarle de las orejas a la pobre Quilomba por hacer cosas impropias de brujas.

— Entonces, ¿qué crees que estás haciendo? —iba a decirle con rudeza.

Pero ni siquiera le rozó la oreja, porque un señor con traje, corbata y hasta un clavel en la solapa llegó primero y le dijo:

— Buenas tardes, señora. Acabo de ver sus burbujas y me he quedado maravillado. Me llamo John Smith y trabajo para la NASA. Nos gustaría contratarla. ¿Está disponible para mudarse a Florida?

— Sí.

Y así fue como Quilomba se convirtió en la primera bruja en ir a Florida a trabajar para la NASA.

¿Y cómo era posible?, os preguntaréis.

La respuesta estaba en las burbujas mágicas que creaba Quilomba, que no solo mostraban las estrellas, sino que eran portales cósmicos a otros puntos del universo, a millones de años luz de distancia, accesibles solo entrando en las burbujas con traje de astronauta.


© Texto: Frantz Ferentz, 2025
© Ilustración: Enrique Carballeira Melendi

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