EL PIRATA FAMALICÓN
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EL PIRATA FAMALICÓN

 

El pirata Famalicón era el terror de los siete mares y tres cuartos.

Su aspecto feroz era tan aterrador que nadie se acercaba a él a menos de tres metros, ni siquiera con los ojos cerrados, para no cagarse de miedo.

Su barba también provocaba un miedo aterrador.

Parecía un bosque en miniatura.

Dizque allí vivían fieras en miniatura, sobre todo serpientes del tamaño de lombrices, pero tremendamente voraces, que podían devorar un ser humano en varias fases.

Pero lo peor de todo era su voz.

Sonaban como diez disparos de cañón.

¡¡¡VRRROOOOOOOOOUMMMMM!!!

No había ningún marinero que viajase en su barco pirata.

No había ningún pirata valiente que quisiera formar parte de la tripulación.

El pirata Famalicón viajaba con su loro, Carapico.

Y también me dio miedo, mucho miedo.

Era un loro hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de loros piratas.

Llevaba un parche en el ojo, que a veces se movía de un ojo al otro.

Y siempre estaba posado en el hombro del pirata Famalicón.

Y como el pirata era el terror de los siete mares y tres cuartos, le pusieron precio a su cabeza.

Ofrecieron mucho dinero a quien capturara a Famalicón vivo o dormido, preferiblemente encadenado, o enjaulado, o con dolor de estómago.

Muchos hombres valientes intentaron capturar al pirata.

Aprovechaban cuando estaba en el baño haciendo sus cosas; cuando roncaba tanto que hasta ponía en 
marcha las velas de su barco; cuando tomaba licor de café, que era lo único que lo ponía de muy buen humor...

Eso y también contarles chistes a los peces, pero probablemente no le encontraban la gracia.

Pero era imposible; cualquiera de los valientes que intentaron capturarlo terminó nadando o corriendo delante de los cocodrilos o los tiburones.

Luego vino el caballero Abecedeiro.

El caballero Abecedeiro había sido cazador de dragones, pero como ya no había dragones, estaban extintos, tuvo que cambiar de profesión.

Entonces, cuando vio el anuncio que ponía precio a la piel del pirata, lo vio como una oportunidad para pagar sus facturas y llegar a fin de mes.

Abecedero se dio cuenta de lo importante que era su loro Carapico para Famalicón.

Se propuso secuestrar al pájaro y obligar al pirata a cambiar de mares, porque todavía podría quedar alguno por ahí afuera, en algún lugar remoto del planeta.

Era imposible acercarse al pirata sin que se diera cuenta, pero el loro era otra cosa, ya que le gustaba echarse la siesta en lo alto del mástil.

Era el único momento del día en que el loro estaba separado del pirata.

Entonces, Abecedero se arrastró por el suelo del barco, luego trepó al mástil y capturó al loro, metiéndolo en una bolsa llena de gominolas, de modo que el pájaro ni siquiera gritó, porque era un fanático de los caramelos de goma.

Luego enviaron una carta al pirata amenazándolo con matar al loro si no quería emigrar.

Pero el pirata no respondió.

Nadie sabía que Famalicón era analfabeto.

Y sin su loro, se pasaba el día asomado mirando el mar, con cara de tonto, tanta que hasta le goteaba la baba, casi parecía una estatua, hasta el punto que las gaviotas se le cagaban encima.

Y mientras tanto, el loro Carapico abrió con el pico la jaula en que lo tenían encerrado, porque estar preso era una vaina.

Se escapó de la casa de Abecedero y se fue hasta el barrio de los piratas.

Ali buscó a un pirata anónimo, uno que en ese momento estaba desempleado.

El loro se posó en su hombro y le susurró al oído:

— ¿Quieres ser un pirata famoso, temido y rico?

Y así fue como el pirata Famalicón pasó a la historia y nació un nuevo pirata temido, capaz de matar con una mirada, de nombre Bebelicón.

Nadie había sospechado que el pirata era inofensivo; el verdaderamente peligroso era el loro Carapico, que convertía a los piratas más inofensivos en auténticas máquinas de piratería.

Pero esa es otra historia.

© Texto: Frantz Ferentz, 2025
© Ilustración: Enrique Carballeira Melendi.

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