A Rosario P. S.
Albán era un perro muy especial. Su dueña, Amarilis, lo cuidaba como si fuera su propio hijo.
El perro, ya de cachorro, empezó a mostrar un interés por la lectura inusual. De hecho, Amarilis tenía una buena biblioteca en casa, repleta principalmente de novelas románticas.
La mujer notó desde muy joven que al perro le gustaba sentarse a su lado mientras leía, y al terminar ella, él abría el libro con el hocico y lamía las líneas, una por una. Después, pasaba la página, de nuevo con el hocico, y repetía la operación de lamer.
Amarilis empezó a contarles a sus amigos que a su perro le encantaban las historias de amor. Y hasta lo grabó.
Los comentarios fueron bastante variados, como era de esperar:
— Ese perro lee más que la mayoría de los niños en los colegios.
— Es un perro romántico, ¿verdad? Porque solo lee novelas románticas.
— ¿Entonces no lee novelas románticas históricas? ¿Ni biografías? ¿Ni cómics?
— ¿Pero cómo es que lee lamiendo las líneas? ¿Acaso necesita gafas?
Esa era una buena pregunta. El perro no leía como las personas, leía con la lengua, lo cual es diferente. Se sabe que las personas ciegas leen con el sistema braille tocando el papel, porque las letras están en relieve, pero Albán parecía leer con la lengua.
En cualquier caso, la historia del perro que leía novelas románticas llegó a la televisión. Durante una semana, un equipo de estudio de una cadena estatal siguió los pasos del perro y su dueña.
Descubrieron que solo lamía las páginas que su ama ya había leído. Si alguien más las leía, retiraba el hocico, como si le diera asco.
— Debe ser porque así demuestra su amor hacia su dueño —comentó uno de los psicólogos caninos contratados para monitorear al perro.
— Quizás influye el hecho de que el perro quiere vivir como un humano y, por eso, sueña con historias de amor humanas, muy románticas.
Allí cabían todas las hipótesis. Sin embargo, el documental que estaban grabando sobre Alan y su gusto por las novelas de amor estaba siendo todo un éxito en televisión. Incluso se creó un club de fanes de Albán, donde se promovían las novelas que él leía, o mejor dicho, que lamía.
Hasta ese día, cuando Amarilis recibió un regalo. Era un libro, pero no cualquiera. Era la historia de su familia. No era, por lo tanto, una novela romántica como las que leía constantemente. El camarógrafo pensó que el libro no le interesaría al perro, pero se equivocó. En cuanto Amarilis dejó el libro en el sofá para ir a prepararse un café, Albán lo abrió con el hocico y empezó a lamerlo línea por línea, como hacía con los otros libros.
Los psicólogos caninos intentaron encontrar una explicación a aquel fenómeno.
— Insisto en la idea de que el perro quiere convertirse en humano y, por tanto, aprende de la familia de su dueña.
— Quizás esté probando nuevos sabores.
De todos modos, los psicólogos, e incluso el equipo de filmación, estaban esperando que el perro comenzara a hablar o a escribir.
Y en medio de toda esa expectación, apareció en casa de Amarilis su abuela Manuela, con una canasta llena de pastillas de jabón, que contenían un tipo de jabón que solo ella hacía y cuya receta era totalmente secreta.
— Querida, te he traído unas pastillas de jabón que he estado preparando estos días.
Amarilis se volvió loca de alegría. Rápidamente sacó uno de la cesta y se lavó las manos con él. Hacía una espuma fantástica.
— Gracias, abuela. Ya casi he terminado la remesa que me trajiste la última vez.
Los miembros del equipo de grabación pudieron notar el maravilloso olor que desprendía el jabón.
— Señora, ¿usted vende su jabón? —le preguntaron.
— No, solo lo regalo —respondió la abuela y entregó varias pastillas de jabón a los miembros del equipo.
Mientras tanto, Albán saltaba como un loco. Y justo en ese momento, uno de los miembros del equipo, un joven llamado Ariadno, que parecía tener el puesto más bajo, pues solo servía café, limpiaba las cámaras y cosas así, se atrevió a preguntarle a Amarilis:
—¿Le importaría si me lavo las manos con su jabón?
— Por supuesto que no.
Y se las lavó. Luego, fue directo a una revista de coches que el director del documental había dejado en una silla. La abrió y empezó a leer, pasando las páginas mientras leía, siguiendo las líneas con el dedo. Luego, dejó la revista donde estaba.
Unos segundos después, el perro se acercó a la revista, la abrió con el hocico, como hacía con las novelas románticas, y empezó a lamer las páginas.
— ¡Filma eso, filma eso! —le exigió el director al camarógrafo en cuanto vio que el perro cambiaba sus hábitos.
— Al perro ahora le gustan los coches porque, como dije antes, quiere hacer cosas humanas —afirmó el primer psicólogo canino.
— Apuesto a que ahora está enamorado de ese chico —dijo el segundo, mientras apuntaba con el dedo a Ariadno.
Y Ariadno, que había escuchado todas aquellas tonterías, finalmente dijo:
— Pero ¿es que nadie aquí se ha dado cuenta todavía de que el perro no lee? Simplemente lame el rastro de jabón en las páginas, porque tiene una composición desconocida que elabora esta mujer —y le hizo un gesto a la abuela de Amarilis—. ¿No ven que Alban solo quiere disfrutar del olor e incluso del sabor del jabón, porque es delicioso? Estoy seguro de que podría usarse como condimento para muchas comidas. Señora —le dijo a la abuela—, aunque la receta sea secreta, dígame si entre los ingredientes del jabón hay fresas, romero y miel.
La abuela sonrió; Ariadno tenía muy buen paladar.
— Efectivamente, tiene esos ingredientes —respondió ella sonriendo.
— Entonces ya está resuelto el misterio del perro: él no lee, él simplemente lame el rastro del jabón que su dueña va dejando mientras lee, pues siempre sigue las líneas con el dedo... porque le encanta el aroma y el sabor del jabón que prepara la abuela Manuela, y que se queda impregnado en los dedos de Amarilis.
