Esas palabras fueron dichas con una voz arrastrada, que ponía los pelos de punta, y detrás de ellas había dos colmillos afilados que probablemente rasgarían el aire.
La princesa, al oír aquella voz, gritó:
— ¡¡¡AAAAHHHHH!!! ¡El lobo está aquí y viene a comerme!
Por detrás del lobo aparecieron todos los miembros de la manada. Había, por lo menos, treinta lobos de todos los tamaños y colores.
Por detrás de la princesa aparecieron otros treinta individuos; eran guardias armados hasta los dientes, dispuestos a dar su vida por la hija de su rey.
Allí mismo, sin previo aviso, comenzó una sangrienta batalla entre guerreros y lobos.
En medio de la confusión, sin que nadie se diera cuenta, la princesa abandonó la refriega abrazada al cuello del lobo.
— ¿Se habrán dado cuenta de que nos estamos marchando? —preguntó.
— No creo, los guardias están ocupados persiguiendo a mis hermanos de la manada, pero los lobos jugar al ratón y al gato es lo que mejor hacemos —respondió.
Y ella besó apasionadamente a aquel lobo feroz, de pelaje cálido y fragante, todo tierno con ella, que la hacía reír y le hacía cosquillas en las orejas con la lengua.
Ese lobo no tenía nada que ver con aquel caballero con el que su padre quería casarla, un tipo que olía a sudor, a vino barato, gritaba sin motivo, dormía con su espada y odiaba el jabón tanto como los gatos odian el agua.
© Frantz Ferentz, 2025
